Donde nunca estuve

Sendai, Japón

Son las ocho de la mañana. El sol está ya en lo alto. Sin nubes que atenúen sus rayos, cuesta alzar la vista. Apenas se escuchan niños jugar o gente pasar. Tan solo se llega a escuchar el cantar de los pájaros y el susurro del viento al zigzaguear entre las ramas de los árboles. Es una de las cosas que me enamoran de este lugar. Si cierro los ojos, aunque únicamente sea un segundo, puedo estar en cualquier sitio. Y en días buenos, puedo ser cualquier persona.

No te voy a engañar, de vez en cuando, de lo lejos emana el ruido de una ciudad que despierta. Mi viaje matutino se ve interrumpido inevitablemente for el siseo de los coches al pasar, eléctricos en su mayor parte. Es un murmullo constante, tenue, que tan solo se ve distorsionado por alguna motocicleta o alguna ambulancia camino del hospital.

Pero los pájaros y el viento se escuchan más cerca y más fuerte. Cerrando los ojos y acariciando la madera de la mesa sobre la que escribo mi mente se traslada incesante a lugares donde nunca estuve, o quizás estuve pero no recuerdo.  

Qué verde es todo aquí, pienso ahora que mis ojos empiezan a acostumbrarse a la luminosidad del ambiente. Que entorno más perfecto, el japonés, y a su vez que sociedad y que naturaleza tan rota. A veces me da por pensar que los terremotos que tan a menudo afectan al país no son más que una representación tangible de todos los problemas sin resolver, el derrumbe artificial de la torre de naipes de las cuestiones que penden de un hilo, los problemas que de forma magistral la sociedad japonesa ha aprendido a barrer bajo la alfombra. Y es que nadie mira para otro lado tan bien como un japonés. 

Pero de nada sirve ignorar la tierra que tiembla bajo nuestros pies. La naturaleza hace de las suyas mientras nos limitamos a aferrarnos a lo primero que aparente solidez. Evitando a otras personas optamos por cobijarnos bajo el arco de una puerta o una mesa, o así dictan las recomendaciones. 

Con el tiempo me he dado cuenta que con los terremotos, como con los problemas sin resolver, rara vez optamos por seguir las recomendaciones. Cuando a nuestro alrededor el mundo se tambalea la mayoría de nosotros miramos atónitos, impasibles, vulnerables; aguardando los segundos en los que la naturaleza parece decidir entre la anécdota y la tragedia. 

Afortunadamente son contadas las ocasiones en las que se decanta por lo segundo. Pero cuando lo hace, rompe familias, desmantela ilusiones, y quiebra países enteros. Lo mismo ocurre con las cuestiones sin resolver, los miedos que debimos afrontar, las frases que no supimos decir. 

Creo que voy a volver a cerrar los ojos. Aunque tan solo sea un segundo. Y viajar a todos esos lugares que quizás no existen y donde, tal vez, jamás estuve.

Cover photo by Ajai Mantri. Check him out!

Símbolos

Noordwijk, Holanda.

Hoy, caminando como cada mañana hacia el acceso principal del Centro de Investigaciones y Tecnologías del Espacio de la Agencia Espacial Europea, donde estos días me encuentro, me quedé mirando.   

En la entrada y a la vista de cualquiera que ronde cerca ondean las banderas de los 22 estados miembros.

Mientras me aproximaba hacia los tornos de seguridad, me quedé mirando. 

Para la agencia cada una de las banderas ahí expuestas simbolizan el reconocimiento al granito de arena con el que cada país contribuye al desarrollo tecnológico del espacio. Cada país aporta lo que puede o quiere; unos más, como Alemania, otros menos, como Estonia. Pero en la entrada no hay banderas grandes ni pequeñas. 

Mientras rebuscaba en busca de la tarjeta de seguridad en los bolsillos de una parca empapada por la lluvia, me quedé mirando. 

Símbolos, pensé, no son nada sin el significado que cada uno les atribuye. 

Al igual que las interpretaciones que hacemos de las experiencias que vivimos, los significados son personales, únicos, y a veces indescriptibles. Y como las experiencias, cuando el significado es compartido a veces une para bien, o a veces une para mal. Pero esto no es de lo que quiero hablar.

Hoy me interesa el significado individual. Me interesa el significado íntimo de los símbolos que a cada uno acompañan, ese que cada uno llevamos tatuado en las costillas para no compartirlo con nadie—ese que nunca cicatriza.

Hoy, al pasar bajo la bandera del país donde nací, me quedé mirando. 

Entre estudios de posgrado, prácticas, colaboraciones y demás correrías llevo más de cinco años fuera de España. Cinco años de costumbres nuevas y experiencias inolvidables. Pero también cinco años de caras desconocidas, de desconcierto, de incertidumbre, de no ser de aquí, de no comprender, y de no ser comprendido. 

Para mí el rojo y amarillo simboliza hogar. Simboliza familia. Simboliza calma, y comprensión, y calidez, y cariño. Simboliza recuerdos, muchos recuerdos. 

No simboliza patria, ni tierra, ni honor, ni gloria, ni valentía, ni euforia. 

Simboliza mamá.

Simboliza papá.

Estoy seguro que de ser mis circunstancias otras el significado sería distinto o ninguno. Pero en momentos como el de esta mañana comprendo al soldado destinado a pasar el invierno en otro continente, comprendo a la investigadora afincada más allá de la frontera, comprendo al inmigrante que consigo lleva el recuerdo de un casa de caras y olores familiares—recuerdos a los que todos ellos se aferran para no olvidar. 

Y es por esto mismo que evito maldecir a la ligera los símbolos de otros, sean de tela o de paja o de madera.

Vaya por delante que no me interesan los símbolos de los que gritan. Me interesan los símbolos de esos que callan y aprietan los dientes.

Me interesa saber de quién son las sonrisas que llevan tatuadas en las costillas; esas que erizan la piel y evocan recuerdos; esas que anegan la boca del estómago cuando se está a solas. 

Malditos símbolos.