#stayhome

Sendai, Japón

Se avecina una pandemia. 

Una pandemia más contagiosa que el SARS-CoV-2 y más letal que la COVID-19. Una pandemia conocida, habitual entre personas de toda clase y condición, para cuya cura no existe vacuna y los tratamientos escasean.

Me explico. 

En lo que a las redes sociales se refiere, me considero un mero oyente. En el pasado he participado de forma esporádica en esto del postureo. Como a la mayoría, me agrada sentirme escuchado y a mis neurotransmisores parecen seducirles de forma preocupante los corazones y los likes. Pero al cabo de un tiempo lo enmascarado de todo el asunto acaba por diluirme las ilusiones y regreso casi cabizbajo a mi puesto de vigía del comportamiento colectivo.

Pues bien, en estos días en los que el mundo se recoge en sus casas he observado patrones de comportamiento que, cuanto menos, me llaman la atención. Resulta que lo trending ahora es la filosofía. Una filosofía de tintes estoicos que llama a la reflexión y a la introspección, que plantea la opulencia como el enemigo público número uno, añadiendo valor a los aspectos más fundamentales de la vida, y planteando las dificultades más inmediatas como oportunidades latentes. Observo a clarividentes vaticinando que, cuando todo esto termine, cuando la soledad se apague y broten de nuevo de vida las calles, emergerán del confinamiento siendo mejores personas, despreciando materialismos, y valorando todo eso y a todos aquellos que sin saber cómo habían olvidado. 

Yo les veo, les escucho, y les leo. A algunos incluso admiro. Pero no les creo. 

Empatizo con ellos. Sus ideas me conmueven y las posibilidades, he de confesar, me ilusionan. Coincido con muchos en ver la solitud impuesta de estos días como una oportunidad, un privilegio del que no todo el mundo dispone. Una oportunidad para echarle el freno a esta vida que a algunos nos venía dando tumbos sin control desde hace ya un tiempo. Para dar cuenta de todo aquello que dábamos por sentado. Para reforzar, retomar, e incluso a veces reconducir aquellas relaciones y hábitos que habíamos olvidado. Hasta aquí, todo perfecto.

Pero hay una parte de mí que no puede dejar de comparar la situación actual con aquellas en las que uno es testigo de un accidente de coche o aquellas otras en las que uno recibe la noticia sobre la enfermedad de un amigo. Instantes posteriores en los que nos aferrados con ambas manos al volante, la mirada tensa y atenta a la carretera, vigilantes. Instantes en los que nos preocupamos por la salud y atendemos al bienestar de los que nos acompañan; lamentando todas esas conversaciones que jamás tuvimos, conscientes de la fragilidad de la vida propia y lo doloroso de la ausencia de la vida ajena. Un sentimiento que he visto durar minutos en el primer caso y unos pocos días en el segundo. 

Y es por esto que no me fío de las reflexiones inertes. No me trago la meditación exagerada de la que se hacen eco las redes. Sé que en gran medida el problema es mío pues inevitablemente acojo las tendencias sociales con el mismo miedo con el que se alimenta mi introversión. Al fin y al cabo, qué decir cuando son miles o millones los que escuchan.

Pero observo el panorama y no puedo evitar preguntarme cuánto tardaremos en volver a maldecir la lentitud de los servicios sanitarios, la imprudencia de los transportistas, la inoportunidad de los servicios de limpieza, el desaliño de los obreros, o la dejadez de las cajeras. 

Me pregunto cuántos de estos jaraneros rehabilitados continúan pagando las tasas a sus paseadores de perros, a sus limpiadoras, o a sus jardineros, aunque estos días no necesiten o no puedan hacer uso de sus servicios.

Me pregunto cuántos han dejado de descargarse ilegalmente películas y series y libros para empezar a valorar el trabajo que mucha gente hace con el fin de entretenernos. 

Me pregunto cuántos dejarán de imponer sus carencias a profesores y educadores. 

Me pregunto cuántos dejarán de disfrazarse de salvadores de la humanidad desde sus cuentas de twitter y empezarán a preocuparse por conocer primero el nombre de sus vecinos.

Me pregunto cuántos realmente aprenderán a apreciar lo bonito del silencio entre tanto ruido. 

Me pregunto cuándo volverá a sacudirnos la pandemia del olvido.

Thanks to Rahul Pandit for the amazing artwork of the cover. More of his work here and here.

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