Lo que de verdad importa

Katwijk, Países Bajos

Me encontraba hace un momento paseando por la playa de Katwijk, en uno de esos atípicos días de marzo en los que el sol se digna a salir.

Paseaba a solas persiguiendo mi sotavento. El viento, siempre álgido y recio en estas latitudes, no dudará lo más mínimo en lacerarte el semblante si se siente amenazado. 

Hoy me apetecía pensar. Caminar y pensar. Dos de esas aficiones mías que el mundo de este siglo parece empeñarse en censurar. 

Después de un tiempo caminando y ya con la retaguardia de las orejas enrojecidas por el frío, decidí sentarme en una terraza. Una de esas muchas alineadas a lo largo del eje que divide el fin del monte bajo del comienzo de la playa, una característica muy típica del paisaje de por aquí. Me senté en una mesa de madera arrinconada a resguardo del viento entre mamparas de cristal. Desde allí, el sol, tímido y tenue, me templaba el perfil con suficiente intensidad como para aliviar los efectos del viento, y al frente entre las mamparas aún podía divisarse la mar. 

Una joven morena de ojos cristalinos, inocentes e indomables, piel clara y mejillas sonrojadas seguramente a voluntad del viento, se acercó hacia donde yo estaba. Le pedí un té — Verde está bien— le dije. Me sonrió, yo asentí pudoroso, y se fue. 

El té llegó al cabo de un tiempo junto con la misma sonrisa que momentos antes se había marchado. Y fue entonces, ya con el té sobre la mesa, una ligera brisa rebotándome en la frente, el sol ligeramente abrazado a mi costado, y el Mar del Norte brotando en el horizonte cuando empecé a escribir. 

Escribo en esta libreta en la que odio escribir. Es una libreta pequeña de unos quince o veinte centímetros pero de anillas tan grandes que hacen imposible escribir a gusto. Aún incómodo, en ella escribo casi a diario porque me la regaló mi mujer. En ella, y a veces para ella, escribo lo que pienso y lo que me gustaría dejar de pensar. 

Entre línea y línea, oteo el horizonte y doy pequeños sorbos al té que me hace compañía. Me psicoanalizo de lejos y el verme me ayuda a pensar. 

En la felicidad pienso, como tantas veces antes. Un tema convertido ya en una especie de desorden crónico para mí.

Después de años de sordos debates conmigo mismo, la conclusión a la que he llegado es que la felicidad son pequeños regalos que otorga el tiempo a aquellos que se atreven a rodearse de gente sin miedo amar de cerca; de esa gente que ama fuerte, sin piedad, que ama hasta hacerte sentir vulnerable. Conozco un palmo de esta gente. 

La felicidad es, o parece ser, el producto de encuentros esporádicos; es un momento, a veces segundos, en los que uno se da cuenta de qué es lo que de verdad importa. Y estos momentos rara vez se olvidan. 

Felicidad es para mí, en el hoy y el ahora, cerrar los ojos y que la brisa, el olor a sal, el azotar de las olas contra mis pensamientos, y el tintineo de la salida de humos del bar me recuerde al entrechocar de cuadernales. Y que todo esto me retrotraiga a tantos momentos que en puertos del levante español pasé de niño, y no tan niño, paseando de la mano de gente sin miedo a amar de cerca. 

Felicidad es la sonrisa de la camarera cuando imagino que me la dedica a mí. O cuando sin cerrar los ojos fantaseo que encuentro el valor suficiente como para decirle que en realidad escribía sobre ella. 

Suspiro a media sonrisa mientras pienso en lo absurdo del debate interno, a la vez que imagino convencerte a ti, el lector, de que de verdad sé lo que digo cuando digo que sé lo que de verdad importa. 

Le doy un último sorbo al té, ya frío de oírme pensar, cierro el cuaderno de anillas grandes y reflexiono sobre la posibilidad de volver a casa. 

Esa casa donde vive la gente que sabe lo que de verdad importa. 

Sebastian Voortman took the photo of the cover. Check his work here and here.

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