Mentors of shouldn’t and mentors of should

Sendai, Japan

The mentors of shouldn’t are those voices that tell you to do or pursue the apparently irrational, the controversial, the uncommon. Sometimes you can also call them the mentors of must. They steer you toward the experiences you must try, the goals you must attempt to accomplish, the relationships you must build or break. Even if, most often when, common sense, friends and family tell you you shouldn’t. The mentors of shouldn’t are the ones you must listen to when you are not ready, when you fear the outcome, when you feel trapped. The mentors of shouldn’t are the storm you have to go through. 

The mentors of should, on the other hand, are the ones that help you navigate calm waters, guiding your boat after the storm have passed, bringing you safely ashore. They provide the insights you need on stillness, joy and fulfillment. They teach you how to find sturdiness within you after months of emotional and physical cataclysm. 

But you need the cataclysm.

Do you like the cover photo? Check Mikey Dabro’s amazing art here and here.

Lo que de verdad importa

Katwijk, Países Bajos

Me encontraba hace un momento paseando por la playa de Katwijk, en uno de esos atípicos días de marzo en los que el sol se digna a salir.

Paseaba a solas persiguiendo mi sotavento. El viento, siempre álgido y recio en estas latitudes, no dudará lo más mínimo en lacerarte el semblante si se siente amenazado. 

Hoy me apetecía pensar. Caminar y pensar. Dos de esas aficiones mías que el mundo de este siglo parece empeñarse en censurar. 

Después de un tiempo caminando y ya con la retaguardia de las orejas enrojecidas por el frío, decidí sentarme en una terraza. Una de esas muchas alineadas a lo largo del eje que divide el fin del monte bajo del comienzo de la playa, una característica muy típica del paisaje de por aquí. Me senté en una mesa de madera arrinconada a resguardo del viento entre mamparas de cristal. Desde allí, el sol, tímido y tenue, me templaba el perfil con suficiente intensidad como para aliviar los efectos del viento, y al frente entre las mamparas aún podía divisarse la mar. 

Una joven morena de ojos cristalinos, inocentes e indomables, piel clara y mejillas sonrojadas seguramente a voluntad del viento, se acercó hacia donde yo estaba. Le pedí un té — Verde está bien— le dije. Me sonrió, yo asentí pudoroso, y se fue. 

El té llegó al cabo de un tiempo junto con la misma sonrisa que momentos antes se había marchado. Y fue entonces, ya con el té sobre la mesa, una ligera brisa rebotándome en la frente, el sol ligeramente abrazado a mi costado, y el Mar del Norte brotando en el horizonte cuando empecé a escribir. 

Escribo en esta libreta en la que odio escribir. Es una libreta pequeña de unos quince o veinte centímetros pero de anillas tan grandes que hacen imposible escribir a gusto. Aún incómodo, en ella escribo casi a diario porque me la regaló mi mujer. En ella, y a veces para ella, escribo lo que pienso y lo que me gustaría dejar de pensar. 

Entre línea y línea, oteo el horizonte y doy pequeños sorbos al té que me hace compañía. Me psicoanalizo de lejos y el verme me ayuda a pensar. 

En la felicidad pienso, como tantas veces antes. Un tema convertido ya en una especie de desorden crónico para mí.

Después de años de sordos debates conmigo mismo, la conclusión a la que he llegado es que la felicidad son pequeños regalos que otorga el tiempo a aquellos que se atreven a rodearse de gente sin miedo amar de cerca; de esa gente que ama fuerte, sin piedad, que ama hasta hacerte sentir vulnerable. Conozco un palmo de esta gente. 

La felicidad es, o parece ser, el producto de encuentros esporádicos; es un momento, a veces segundos, en los que uno se da cuenta de qué es lo que de verdad importa. Y estos momentos rara vez se olvidan. 

Felicidad es para mí, en el hoy y el ahora, cerrar los ojos y que la brisa, el olor a sal, el azotar de las olas contra mis pensamientos, y el tintineo de la salida de humos del bar me recuerde al entrechocar de cuadernales. Y que todo esto me retrotraiga a tantos momentos que en puertos del levante español pasé de niño, y no tan niño, paseando de la mano de gente sin miedo a amar de cerca. 

Felicidad es la sonrisa de la camarera cuando imagino que me la dedica a mí. O cuando sin cerrar los ojos fantaseo que encuentro el valor suficiente como para decirle que en realidad escribía sobre ella. 

Suspiro a media sonrisa mientras pienso en lo absurdo del debate interno, a la vez que imagino convencerte a ti, el lector, de que de verdad sé lo que digo cuando digo que sé lo que de verdad importa. 

Le doy un último sorbo al té, ya frío de oírme pensar, cierro el cuaderno de anillas grandes y reflexiono sobre la posibilidad de volver a casa. 

Esa casa donde vive la gente que sabe lo que de verdad importa. 

Sebastian Voortman took the photo of the cover. Check his work here and here.

Barco ardiente

Katwijk, Países Bajos. 

Son las 4:53 de la mañana. No puedo dormir. 

Desde hace un tiempo no paro de perder el sueño. Un sueño que se desvanece cuando pienso en qué se ha convertido mi vida. Me pregunto cómo he llegado hasta aquí, un pueblo pesquero del nordeste holandés, durmiendo sobre un delgado colchón echado al suelo por miedo al crujir de las lamas del somier al moverme. En la habitación, únicamente mi cara está iluminada por el teléfono con el que traduzco pensamientos para combatir el insomnio.

Como he dicho, últimamente me muevo mucho; especialmente de noche. Desde hace ya un tiempo, mi subconsciente se divierte situándome en la posición de un mero acompañante mientras él, minucioso y brutal, analiza lo que ha sido y es mi vida. 

Me veo, de lejos, y no me gusto. 

Pero esto no es nuevo, pienso. La mente que tantas alegrías me concede, me atormenta por momentos a partes iguales. 

Me veo de lejos y veo a un hombre preocupado y vulnerable. Preocupado por las decisiones, preocupado por las opiniones, y preocupado por estar siempre preocupado. Veo un hombre vulnerable, abrumado por las opiniones de amigos y familiares. Un hombre atormentado incluso por las opiniones de muchos para quienes con total seguridad pase inadvertido. 

Me veo de lejos y veo un hombre con miedo a preguntar ¿me quieres? por si la respuesta es no. 

Qué mente esta que me hace testigo de las emociones más intensas y a su vez dueño de las noches más oscuras. 

Me veo de lejos y veo un hombre cauteloso. Digo hombre por vanidad, por iluminar ligeramente la gruta emocional en la que me encuentro. Porque si soy sincero lo que de verdad veo es a un niño. Me miro de lejos y veo al mismo niño que con 12 años ocultaba sus infortunios y tapaba las lágrimas bajo las mangas de un jersey de lana gruesa; de esos tejidos por abuelas norteñas para rehuir al frío y revestir las emociones. Gracias a Dios o al azar nací hombre y un carajo le importa a nadie mis desperfectos, los de dentro ni los de fuera.  

Veo un niño que camina despacio, navegando cauteloso las aguas de una vida en donde la confianza, como en la mar, se paga cara. Un niño con miedo a susurrar lo que piensa, aunque las entrañas griten hasta retumbar el bazo.

Me veo de lejos y me veo triste. Y la imagen me apena. La más afortunada de las vidas y la más amarga de las sensaciones. —¡Maldito desgraciado!— me grito, en bajito. Otra vez esa voz, interna, familiar, mi voz. Me pregunto si cambiaré algún día. Y no me refiero al yo visible, sino al yo detractor que aparece en duermevelas, el acompañante inquieto que analiza mi vida desde el innegable cobijo que proporcionan los sueños. El yo al que le cuesta disfrutar por congraciar a unos y a otros. El yo que pasa la vida amarrado a un muelle esperando a que pase la tempestad; pero que aún con la mar en calma, se aleja tan solo un palmo del noray. 

Me veo de lejos y veo a un niño que duerme del lado del corazón para ayudar a la gravedad a abrazarlo con fuerza. 

Me veo de lejos y me pregunto si alguna vez ese niño encontrará los ingredientes para eso que algunos llaman felicidad, pero que a mí, desde hace un tiempo, me gusta llamar Paz. En mi mundo, Paz es una chica de aspecto dócil pero carácter marcado. Aponia—ausencia de sufrimiento—es fundamental decían los griegos para intimar con Paz. Cuánta sabiduría en libros que probablemente jamás leeré.

Me veo de lejos y me gustaría agarrarme por las solapas, como mi padre me hubiera hecho de niño, mirarme a los ojos con la seguridad de quien predice lo peor del porvenir, y gritarme —¡Es hora de vivir muchacho!—pero mi padre jamás me llamó muchacho. 

Es hora de soltar amarras, estibar las inseguridades, poner rumbo ceñido al viento para entre bordadas aprender a sentir sin miedo. 

Sentir sin miedo. 

Mi mente otra vez dando en el clavo. Pero a sentir sin miedo aún no me atrevo. Cuando me veo de lejos lo que realmente veo es un niño preocupado y vulnerable, con mucho miedo a sentir; a sentir fuerte. A sentir emociones de esas tan intensas que a la vida vuelque sobre su eje. Emociones de esas que definen vivencias por las que el presente se avergüenza pero el futuro recuerda melancólico. Veo un niño con miedo a sentirse diferente, miedo a sentirse único y miedo a sentirse solo. 

Solo, esa palabra que desde hace un tiempo se siente como un uppercut en el esófago. 

Me veo de lejos y veo a un niño preocupado y vulnerable, con miedo a sentirse vivo, caminando solo. La soledad que tanto valoro y que tanto me atormenta. 

El caso es que me veo de lejos y no me gusta lo que veo. Y me pregunto si alguna vez miraré y sentiré que quizá la clave está ahí, en mirar de lejos. Oteando el porvenir para asegurar la arrancada. O quizá esté en mí, en ese niño, quien aún preocupado, vulnerable, cauteloso en sus emociones, y solitario en un mundo que a veces da miedo, anda con paso lento, asegurado. Un niño que explora el planeta en busca de algo que echa en falta.

Quizá sea a sí mismo lo único que ese niño realmente busca.

Quizá eso sea todo. O quizá no, yo qué voy a saber. 

Voy a intentar dormir otro poco, que ya me duelen los dedos de pensar en alto. Ojalá tuviera mi cuaderno cerca. Pero me da miedo encender la luz y despertar a alguien. —¡Siempre con miedo muchacho!—, que jamás diría mi padre.

The amazing cover photo was taken by Zukiman Mohamad!