Barco ardiente

Katwijk, Países Bajos. 

Son las 4:53 de la mañana. No puedo dormir. 

Desde hace un tiempo no paro de perder el sueño. Un sueño que se desvanece cuando pienso en qué se ha convertido mi vida. Me pregunto cómo he llegado hasta aquí, un pueblo pesquero del nordeste holandés, durmiendo sobre un delgado colchón echado al suelo por miedo al crujir de las lamas del somier al moverme. En la habitación, únicamente mi cara está iluminada por el teléfono con el que traduzco pensamientos para combatir el insomnio.

Como he dicho, últimamente me muevo mucho; especialmente de noche. Desde hace ya un tiempo, mi subconsciente se divierte situándome en la posición de un mero acompañante mientras él, minucioso y brutal, analiza lo que ha sido y es mi vida. 

Me veo, de lejos, y no me gusto. 

Pero esto no es nuevo, pienso. La mente que tantas alegrías me concede, me atormenta por momentos a partes iguales. 

Me veo de lejos y veo a un hombre preocupado y vulnerable. Preocupado por las decisiones, preocupado por las opiniones, y preocupado por estar siempre preocupado. Veo un hombre vulnerable, abrumado por las opiniones de amigos y familiares. Un hombre atormentado incluso por las opiniones de muchos para quienes con total seguridad pase inadvertido. 

Me veo de lejos y veo un hombre con miedo a preguntar ¿me quieres? por si la respuesta es no. 

Qué mente esta que me hace testigo de las emociones más intensas y a su vez dueño de las noches más oscuras. 

Me veo de lejos y veo un hombre cauteloso. Digo hombre por vanidad, por iluminar ligeramente la gruta emocional en la que me encuentro. Porque si soy sincero lo que de verdad veo es a un niño. Me miro de lejos y veo al mismo niño que con 12 años ocultaba sus infortunios y tapaba las lágrimas bajo las mangas de un jersey de lana gruesa; de esos tejidos por abuelas norteñas para rehuir al frío y revestir las emociones. Gracias a Dios o al azar nací hombre y un carajo le importa a nadie mis desperfectos, los de dentro ni los de fuera.  

Veo un niño que camina despacio, navegando cauteloso las aguas de una vida en donde la confianza, como en la mar, se paga cara. Un niño con miedo a susurrar lo que piensa, aunque las entrañas griten hasta retumbar el bazo.

Me veo de lejos y me veo triste. Y la imagen me apena. La más afortunada de las vidas y la más amarga de las sensaciones. —¡Maldito desgraciado!— me grito, en bajito. Otra vez esa voz, interna, familiar, mi voz. Me pregunto si cambiaré algún día. Y no me refiero al yo visible, sino al yo detractor que aparece en duermevelas, el acompañante inquieto que analiza mi vida desde el innegable cobijo que proporcionan los sueños. El yo al que le cuesta disfrutar por congraciar a unos y a otros. El yo que pasa la vida amarrado a un muelle esperando a que pase la tempestad; pero que aún con la mar en calma, se aleja tan solo un palmo del noray. 

Me veo de lejos y veo a un niño que duerme del lado del corazón para ayudar a la gravedad a abrazarlo con fuerza. 

Me veo de lejos y me pregunto si alguna vez ese niño encontrará los ingredientes para eso que algunos llaman felicidad, pero que a mí, desde hace un tiempo, me gusta llamar Paz. En mi mundo, Paz es una chica de aspecto dócil pero carácter marcado. Aponia—ausencia de sufrimiento—es fundamental decían los griegos para intimar con Paz. Cuánta sabiduría en libros que probablemente jamás leeré.

Me veo de lejos y me gustaría agarrarme por las solapas, como mi padre me hubiera hecho de niño, mirarme a los ojos con la seguridad de quien predice lo peor del porvenir, y gritarme —¡Es hora de vivir muchacho!—pero mi padre jamás me llamó muchacho. 

Es hora de soltar amarras, estibar las inseguridades, poner rumbo ceñido al viento para entre bordadas aprender a sentir sin miedo. 

Sentir sin miedo. 

Mi mente otra vez dando en el clavo. Pero a sentir sin miedo aún no me atrevo. Cuando me veo de lejos lo que realmente veo es un niño preocupado y vulnerable, con mucho miedo a sentir; a sentir fuerte. A sentir emociones de esas tan intensas que a la vida vuelque sobre su eje. Emociones de esas que definen vivencias por las que el presente se avergüenza pero el futuro recuerda melancólico. Veo un niño con miedo a sentirse diferente, miedo a sentirse único y miedo a sentirse solo. 

Solo, esa palabra que desde hace un tiempo se siente como un uppercut en el esófago. 

Me veo de lejos y veo a un niño preocupado y vulnerable, con miedo a sentirse vivo, caminando solo. La soledad que tanto valoro y que tanto me atormenta. 

El caso es que me veo de lejos y no me gusta lo que veo. Y me pregunto si alguna vez miraré y sentiré que quizá la clave está ahí, en mirar de lejos. Oteando el porvenir para asegurar la arrancada. O quizá esté en mí, en ese niño, quien aún preocupado, vulnerable, cauteloso en sus emociones, y solitario en un mundo que a veces da miedo, anda con paso lento, asegurado. Un niño que explora el planeta en busca de algo que echa en falta.

Quizá sea a sí mismo lo único que ese niño realmente busca.

Quizá eso sea todo. O quizá no, yo qué voy a saber. 

Voy a intentar dormir otro poco, que ya me duelen los dedos de pensar en alto. Ojalá tuviera mi cuaderno cerca. Pero me da miedo encender la luz y despertar a alguien. —¡Siempre con miedo muchacho!—, que jamás diría mi padre.

The amazing cover photo was taken by Zukiman Mohamad!

One thought on “Barco ardiente

  1. En realidad, sólo una persona grande, con una vida intensa se plantea todo esto.
    Todos, en cierta medida, estamos solos, hay que aceptarlo. A veces nuestro cerebro es nuestro peor enemigo. Pero si miramos con detenimiento, vemos que hay muchísimas personas que nos quieren, que incluso darían su propia vida por nosotros.
    Yo por ti lo haría.
    Y , tú seguro que has estudiado ingeniera????

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