Símbolos

Noordwijk, Holanda.

Hoy, caminando como cada mañana hacia el acceso principal del Centro de Investigaciones y Tecnologías del Espacio de la Agencia Espacial Europea, donde estos días me encuentro, me quedé mirando.   

En la entrada y a la vista de cualquiera que ronde cerca ondean las banderas de los 22 estados miembros.

Mientras me aproximaba hacia los tornos de seguridad, me quedé mirando. 

Para la agencia cada una de las banderas ahí expuestas simbolizan el reconocimiento al granito de arena con el que cada país contribuye al desarrollo tecnológico del espacio. Cada país aporta lo que puede o quiere; unos más, como Alemania, otros menos, como Estonia. Pero en la entrada no hay banderas grandes ni pequeñas. 

Mientras rebuscaba en busca de la tarjeta de seguridad en los bolsillos de una parca empapada por la lluvia, me quedé mirando. 

Símbolos, pensé, no son nada sin el significado que cada uno les atribuye. 

Al igual que las interpretaciones que hacemos de las experiencias que vivimos, los significados son personales, únicos, y a veces indescriptibles. Y como las experiencias, cuando el significado es compartido a veces une para bien, o a veces une para mal. Pero esto no es de lo que quiero hablar.

Hoy me interesa el significado individual. Me interesa el significado íntimo de los símbolos que a cada uno acompañan, ese que cada uno llevamos tatuado en las costillas para no compartirlo con nadie—ese que nunca cicatriza.

Hoy, al pasar bajo la bandera del país donde nací, me quedé mirando. 

Entre estudios de posgrado, prácticas, colaboraciones y demás correrías llevo más de cinco años fuera de España. Cinco años de costumbres nuevas y experiencias inolvidables. Pero también cinco años de caras desconocidas, de desconcierto, de incertidumbre, de no ser de aquí, de no comprender, y de no ser comprendido. 

Para mí el rojo y amarillo simboliza hogar. Simboliza familia. Simboliza calma, y comprensión, y calidez, y cariño. Simboliza recuerdos, muchos recuerdos. 

No simboliza patria, ni tierra, ni honor, ni gloria, ni valentía, ni euforia. 

Simboliza mamá.

Simboliza papá.

Estoy seguro que de ser mis circunstancias otras el significado sería distinto o ninguno. Pero en momentos como el de esta mañana comprendo al soldado destinado a pasar el invierno en otro continente, comprendo a la investigadora afincada más allá de la frontera, comprendo al inmigrante que consigo lleva el recuerdo de un casa de caras y olores familiares—recuerdos a los que todos ellos se aferran para no olvidar. 

Y es por esto mismo que evito maldecir a la ligera los símbolos de otros, sean de tela o de paja o de madera.

Vaya por delante que no me interesan los símbolos de los que gritan. Me interesan los símbolos de esos que callan y aprietan los dientes.

Me interesa saber de quién son las sonrisas que llevan tatuadas en las costillas; esas que erizan la piel y evocan recuerdos; esas que anegan la boca del estómago cuando se está a solas. 

Malditos símbolos.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.